

4 encuentros virtuales
Miércoles 22 y 29 de Julio, 5 y 12 de Agosto de 15 a 17hs arg
El placer
como
energía vital
Este taller parte de una comprensión del placer que va mucho más allá de la sexualidad. Entendemos el placer como una expresión de la energía vital, un pulso que recorre el cuerpo cuando encuentra las condiciones para desplegarse con libertad.
Desde distintas tradiciones —como el Tantra, las psicoterapias corporales de Wilhelm Reich y pensadoras feministas como Casilda Rodrigañez— podemos imaginar que llegamos al mundo con una enorme capacidad para sentir, explorar y dejarnos afectar por la vida. Sin embargo, el proceso de socialización va modelando nuestros cuerpos: aprendemos qué sentir, cuánto sentir, cuándo expresar el deseo y qué partes de nosotras deben permanecer contenidas.
En los cuerpos de las mujeres, esta regulación ha estado profundamente atravesada por los mandatos de género. Se nos ha enseñado a controlar la intensidad, a priorizar las necesidades ajenas, a desconfiar del deseo propio y a habitar el cuerpo desde la mirada externa. No solo se disciplinan nuestras ideas; también se educa nuestra sensibilidad.
Reich propuso que esa historia de adaptaciones no queda únicamente en la mente: también se inscribe en el cuerpo en forma de tensiones musculares crónicas, patrones respiratorios restringidos y formas habituales de contraerse frente a la vida. A estas configuraciones las llamó corazas musculares. Desde esta perspectiva, muchas de las tensiones que sostenemos cotidianamente consumen parte de nuestra energía vital y limitan nuestra capacidad de sentir.
No se trata de pensar la tensión como un enemigo. La tensión también ha sido una respuesta inteligente del organismo para protegerse, adaptarse y sobrevivir. Pero cuando esas estrategias dejan de ser necesarias y continúan organizando nuestro cuerpo, pueden reducir nuestra sensibilidad y empobrecer nuestra experiencia del placer.
Por eso, este taller no busca "romper corazas" ni forzar liberaciones emocionales. Nos interesa generar seguridad, presencia y recursos para que el cuerpo pueda, poco a poco, distinguir entre aquello que necesita seguir sosteniendo y aquello que ya puede aflojar. En ese diálogo entre tensión y relajación, entre contención y expansión, la energía vital encuentra nuevas posibilidades de circulación.
Cultivar el placer no consiste en aprender una técnica para producir determinadas sensaciones. Consiste, sobre todo, en hacernos preguntas inteligentes y crear las condiciones para que el cuerpo recuerde aquello que sabe hacer: sentir, vibrar, expandirse y autorregularse.
No buscamos alcanzar un orgasmo ni perseguir experiencias extraordinarias. Nos interesa ampliar la capacidad de habitar el placer, sostener la energía sin apresurar su descarga y permitir que esa vitalidad impregne la respiración, el movimiento, la creatividad, los vínculos y la vida cotidiana.
El placer deja de ser un objetivo para convertirse en una práctica de presencia. Una forma de recuperar el diálogo con el propio cuerpo y de reconocer que nuestra manera de sentir nunca es solo individual: está atravesada por la historia personal, por la cultura y por los modos en que el género ha configurado nuestras posibilidades de habitar el deseo.
Uno de los aprendizajes centrales de este recorrido será desarrollar la capacidad de aumentar nuestra carga energética sin sentir la necesidad de descargarla inmediatamente.
En la tradición de Wilhelm Reich, un organismo vital es aquel que puede cargarse de energía, sostener esa intensidad, permitir que circule por todo el cuerpo y descargarla cuando la situación realmente lo requiere. Desde el Tantra encontramos una intuición similar: la energía sexual no necesita consumirse rápidamente; puede expandirse, nutrir el organismo y convertirse en presencia, creatividad, sensibilidad y fuerza vital.
Muchas mujeres hemos aprendido a interrumpir ese proceso. A veces apagamos la intensidad antes de sentirla plenamente. Otras veces la descargamos rápidamente a través de la tensión muscular, la ansiedad, el rendimiento constante, el llanto, el enojo o la búsqueda compulsiva de un resultado. No porque haya algo equivocado en nosotras, sino porque esos fueron modos inteligentes de adaptación a contextos donde sostener la propia potencia no siempre era seguro.
En este taller no buscamos eliminar la descarga. La descarga es una función saludable del organismo cuando responde a una necesidad real. Lo que queremos es ampliar nuestro repertorio: aprender a respirar más energía, sentir más vida, aumentar nuestra capacidad de excitación entendida como vitalidad y permitir que esa fuerza circule por todo el cuerpo sin apresurarnos a vaciarla.
Queremos construir soberanía sobre nuestra energía: poder elegir cuándo expresar un límite con toda la fuerza del enojo y cuándo permanecer abiertas a la expansión del placer. Poder habitar la intensidad sin que el cuerpo entre automáticamente en contracción o escape. Poder confiar en que, cuando nos creamos un contexto lo suficientemente seguro, esa misma energía que durante años se utilizó para defendernos también puede convertirse en goce, creatividad, presencia y libertad.
El placer, desde esta perspectiva, no es lo opuesto a la fuerza. Es una de sus expresiones más profundas.


